Pese a que la evidencia científica es clara y contundente, el rechazo a las vacunas no es algo nuevo. No obstante, cuando empezaron a desarrollarse y producirse las primeras dosis para combatir las cepas del coronavirus, el movimiento antivacunas cobró nueva relevancia, a menudo, amplificando mitos y miedos sobre estas inoculaciones, a través de redes sociales.
Sin embargo, sus consignas carecen de sustento, especialmente cuando se tiene en cuenta que pocas intervenciones médicas en la historia de la humanidad han salvado tantas vidas como las vacunas.
¿Por qué entonces, a pesar de su éxito demostrado, las vacunas siguen generando inquietud en una parte de la población? ¿Cuáles son los principales argumentos que se esgrimen a la hora de cuestionar la efectividad o seguridad de las vacunas y qué dicen la ciencia y la evidencia al respecto?
Lo básico: ¿cómo funciona una vacuna?
Annette Trombert es bioquímica de la Pontificia Universidad Católica de Chile, doctora en biociencias moleculares por la Universidad Andrés Bello y actualmente es directora de la Escuela de Biotecnología de la Universidad Mayor.
En conversación con BioBioChile, explicó que existen varias maneras, algunas más tradicionales que otras, de producir vacunas, pero que “siempre el objetivo en común que tienen es generar una reacción inmunológica controlada y protectora”.
En pocas palabras, la vacuna expone al sistema inmunológico a un antígeno —que puede ser atenuado, inactivado o solo pedazos de él— para que lo reconozca y genere una respuesta protectora. Así se genera memoria inmunológica, lo que le permitirá reaccionar rápidamente en caso de verse expuesto al virus o bacteria en el futuro.
Maria Luz Endeiza es infectóloga pediátrica por la Pontificia Universidad Católica de Chile y profesora de la Facultad de Medicina en la Universidad de los Andes. También es jefa del vacunatorio de dicho establecimiento y fue miembro del Comité Asesor en Vacunas e Inmunizaciones (CAVEI) del Minsal.
Consultada sobre por qué algunas vacunas se ponen una o dos veces en la vida y otras deben repetirse año a año, la especialista indicó a este medio que “tiene que ver con el tipo de vacuna, los anticuerpos que generan y también con el tipo de virus o bacteria” que se quiere atacar.
En pocas palabras, existen virus que son más estables y no mutan “entonces los anticuerpos que tú hiciste van a reconocer al sarampión de hoy, al de 30 años más y al de 50 años más porque es el mismo. En cambio, la influenza, por ejemplo, y el covid, son virus que mutan tanto que llega un minuto en que ya no tienen nada que ver”.
“Entonces tú necesitas hacer formulaciones nuevas que sí reconozcan la variante que pasa”, precisó.
El movimiento antivacunas: mitos v/s realidad
No todos los antivacunas son antivacunas por las mismas razones, aunque a menudo estas convergen entre sí. Lorena Ferreira es inmunóloga clínica de la Universidad de Chile, y se dedica también a la divulgación de contenido científico en sus redes sociales, ya que “uno no puede hacer oídos sordos” ante la desinformación.
Según explicó a BioBioChile, “rápidamente me di cuenta que había una necesidad y que la gente, así como veía contenido basura, como le digo yo, también ve contenido educativo, científico, médico”.
A continuación, revisaremos algunas de las principales consignas del movimiento antivacunas, y qué dice la evidencia al respecto.
Las vacunas NO se adhieren con metales pesados al cuerpo
Hay algunas vacunas que en su composición utilizan ciertos metales. Por ejemplo, el aluminio o el timerosal, que es un etilmercurio. No obstante, ninguno de estos elementos supone un riesgo para la salud.
“El etilmercurio no es tóxico para el ser humano. No es un metal pesado y no tiene nada que ver con el otro mercurio (metilmercurio, que sí es tóxico)”, precisó la infectóloga María Luz Endeiza. “Está comprobado que no es dañino para la salud y que además no se queda en el cuerpo. Esas cosas se eliminan”.
Por su parte, la inmunóloga Lorena Ferreira dejó en claro que el aluminio es uno de los elementos más abundantes sobre la tierra, y que a menudo lo consumimos en cantidades mucho más elevadas que las que trae una vacuna. Además, el cuerpo lo elimina rápidamente en el proceso de atacar a la vacuna.
Estos metales tienen además un rol de conservación, para estabilizar de cierta manera la vacuna, y la importante función de adyuvante o coadyuvante. “El adyuvante suena muy parecido a ayudante porque la verdad es que lo que hace es ayudar, propagar, mejorar la respuesta inmunológica a la vacuna”, explicó la bioquímica Annette Trombert.
Las vacunas NO generan autismo
En 1998, se publicó un estudio en la revista The Lancet que afirmaba que existía un vínculo entre el timerosal presente en algunas vacunas y el autismo. No obstante, poco después se encontró que esa investigación tenía graves fallos metodológicos e, incluso, manipulación de datos. Ante esto, fue dada de baja.
“Posterior a ese paper se hicieron numerosos experimentos y numerosos estudios hasta el día de hoy, que han comprobado completamente lo contrario. Hasta ahora no hay nada que nos pueda dar sustento que relacione a las vacunas con el autismo”, precisó Trombert.
El virus SARS-CoV-2 causó más trombos que las vacunas
Durante la pandemia se probaron varias vacunas. Las de vector viral, como AstraZeneca, fueron efectivas, pero algunas mostraron algunos efectos adversos, como trombos, en comparación con otras tecnologías.
“Cansino no mostró mucho de esta asociación, sino que fue la de AstraZeneca. Y ojo, porque el porcentaje que empezó a mostrar de trombos era infinitamente menor que los trombos que da el Covid. (…) El virus SARS-CoV-2 provoca mucho trombo y te da tromboembolismo pulmonar, trombosis intestinal, y después una sepsis de foco abdominal. Y eso te lo provoca el virus, muchísimo más que la vacuna”, afirmó la académica de la Universidad de los Andes.
Al respecto, la inmunóloga de la Universidad de Chile precisó que la trombosis venosa producida por las vacunas, sobre todo la AstraZeneca y la J&J es de uno por 1 millón de casos de vacunas puestas. En el caso de la infección por covid es hasta 50%.
“La vacuna al final es protectora, porque si la vacuna te evita que te enfermes gravemente por COVID, te está protegiendo de la trombosis venosa”, zanjó la experta.
Las vacunas NO sobrecargan el sistema inmune de los niños
El Programa Nacional de Inmunizaciones del Minsal comprende una cantidad importante de vacunas contra varias enfermedades. La mayoría, se aplican durante los primeros años de vida, ¿por qué?
“Porque el sistema inmune de los niños hasta los dos años es inmaduro. Entonces, cuando tú le pones la vacuna a los dos meses, monta una respuesta inmune que le dura uno o dos meses y después desaparece. Entonces tienes que ponerle otro refuerzo y otro refuerzo”, enfatiza la infectóloga de la PUC.
En todo caso, la experta hizo la distinción importante de que “las dudas son muy legítimas. Uno a veces tilda a los papás de antivacunas, pero no es que sean antivacunas, sino que tienen dudas, sobre todo con estas locuras que dice la gente, y quieren realmente estar seguros que lo que están haciendo le hace bien a sus hijos”. Al respecto, la especialista alentó encarecidamente a los padres a que confíen en las vacunas y que, ante cualquier duda o inquietud, se lo planteen a su pediatra.
Las vacunas del Covid-19 NO se hicieron a la rápida
La relativa rapidez con la que se produjeron las primeras vacunas contra el Covid-19 fue motivo de duda y escepticismo, llegando a la creencia generalizada de que se trataba de vacunas experimentales que fueron hechas “a la rápida”.
No obstante, según explicó Endeiza, la tecnología de ARN mensajero se había utilizado por años e incluso estaba siendo aplicada en tratamientos contra el cáncer.
De acuerdo con la infectóloga, esta funciona como una receta de cocina que entra a la célula -sin tocar el núcleo-, le indica cómo producir una proteína específica del virus, y luego se desintegra. Así, el sistema inmune aprende a reconocer al virus.
“Realmente es una tecnología que existía hace mucho tiempo atrás”, indicó también Trombert. De acuerdo con la experta, existen muchos laboratorios efectivamente trabajando en la generación de nuevas vacunas, pero ante una pandemia —como la que vivimos—, esa cantidad de laboratorios aumentó de manera ostensible para poder controlar la emergencia.
No vacunarse SÍ perjudica a otras personas
Según explica Trombert, alguien que no está en la población de riesgo tiene mayores posibilidades -no garantizadas- de recuperarse tras contraer la enfermedad. Para otros, como inmunodeprimidos, adultos mayores o niños pequeños, el peor escenario es la muerte.
La bioquímica enfatizó que, aunque esta persona no vacunada pueda no morir, sí puede enfermarse gravemente y contagiar a otros, como adultos mayores, niños pequeños, personas con cáncer o inmunodeprimidas.
Consultada sobre si existen grupos que no puedan recibir ciertas vacunas, Lorena Ferreira explicó que, aunque son pocos, sí existen, por ejemplo, quienes han tenido reacciones anafilácticas a algunas vacunas concretas. También puede darse en ciertos pacientes que están en tratamiento de un algún cáncer y están tomando inmunosupresores, o también en el caso de algunas personas con enfermedades autoinmunes frente a ciertos tipos de vacunas. Lo anterior, siempre y cuando un médico haya determinado que no se es apto para vacunarse a una determinada inyección.
Por ende, vacunarse es una forma de proteger a estos grupos que tienen mayor posibilidad de desarrollar complicaciones si se contagian de la enfermedad.
La vacuna reduce las posibilidades de morir o enfermar gravemente, no de contagiarse
Una interrogante que a menudo surge en torno a las vacunas es cuál es el sentido de vacunarse si uno se puede enfermar igual. La respuesta corta es, según explicó la inmunóloga de la Universidad de Chile, para no morirse. “Ahora, si tú quieres una respuesta más larga es no solamente para no morirse, es para no enfermarse gravemente, porque eso también disminuye muchísimo”.
“Y en el caso de la influenza, por ejemplo, no terminar después con una influenza grave, sobreinfectada con estafilococo u otra bacteria, con una neumonía gravísima, con una encefalitis viral y con riesgo de muerte. La diferencia es súper, súper clara”, agregó.

En esa misma línea, otra pregunta que surge a menudo es “si el sistema inmune está hecho para defendernos, ¿por qué no dejar que haga su trabajo y adquirir la inmunidad en forma natural?”
Y la respuesta es la misma: porque las vacunas son más seguras que contraer de la enfermedad original. “¿Realmente tú quieres que tu hijo tenga una meningitis bacteriana y además termine después sordo o amputado de las cuatro extremidades?¿Queremos que nuestros hijos tengan polio?”, aludió la experta.
“Yo creo que la respuesta es súper obvia. Pero esta cuestión de los antivacunas tiene un poder casi hipnotizador, que la gente pierde la capacidad de razonar, de usar el sentido común”, aseveró la inmunóloga.
Alarmantes cifras y la reaparición de enfermedades
En 2023, Unicef reveló, mediante un informe, la alarmante disminución en la vacunación rutinaria de niños y niñas en el mundo, por millones. La razón principal: un descenso de la confianza en las vacunas infantiles.
Paradójicamente, el éxito de las vacunas pareciera ser al mismo tiempo su mayor debilidad. Enfermedades que antes devastaban comunidades enteras hoy son casi inexistentes, por lo que muchos han olvidado lo peligrosas que eran. Es cosa de leer cómo la viruela le quitó la vida a millones de personas, un virus despiadado al que se le ganó precisamente gracias a la vacunación.
“Antes se morían los niños por sarampión, se morían por neumonía, por influenza complicada, con un neumococo, un estafilococo, se morían por diarreas, por rotavirus o por salmonela o por tifus. Ya no ves personas adultas cojeando porque tuvieron una poliomielitis que los dejó semi paralíticos. Entonces la gente se olvida”, advierte Endeiza.
En efecto, al no ver estas tragedias de cerca, muchos subestiman la importancia de las vacunas, tomando sus posibles efectos secundarios como el mal mayor. Pero como la historia demostró, ahí donde la vacunación retrocede, las enfermedades a menudo encuentran la forma de abrirse paso.
En 2024, en Gaza, la destrucción de gran parte de las instalaciones e insumos médicos privó a muchos niños de recibir las vacunas que les correspondían contra la poliomielitis, enfermedad que había sido erradicada en el lugar hace 25 años. Tras reportarse los primeros casos, se precisó de un operativo internacional para intentar revertir la situación.
Pero los palestinos del norte de la franja no podían administrarle la vacuna a sus hijos aunque hubieran querido. En cambio, en Estados Unidos, donde sí había acceso a las vacunas, este año se generó un inédito brote de sarampión luego de que el propio secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., promoviera tratamientos alternativos y desalentara las inoculaciones. Van dos niños muertos por la enfermedad, sus padres no los habían vacunado.
Así, las expertas concuerdan en que el resurgimiento de enfermedades prevenibles debería ser un llamado de atención para aprender de las tragedias pasadas en lugar de tener que revivirlas.
Por Bárbara Haas.
Fuente: biobiochile.cl